Recuerdo que en mis tiempos de escuela debíamos memorizar una
lista con las causas del descubrimiento de América, la principal era: «La toma
de Constantinopla por los turcos».
Resulta curioso pensar que
dicha acción militar tenga algo que ver con el
rinoceronte que aparece en los frescos de la Casa Museo Juan de Vargas en
Tunja, pero en efecto, así es. Con la toma de Constantinopla, los europeos se
vieron impedidos para continuar sus viajes hacia India y China, con quienes
mantenían comercio. Esto obligó a las potencias marítimas de la época a buscar
otras rutas. Los españoles optaron por hacerle frente al Atlántico y
eventualmente llegaron a América. Los portugueses, por su parte, decidieron
darle la vuelta al continente africano, y pudieron alcanzar con éxito la India.
La historia del
rinoceronte comienza cuando una vez allí, en 1514,
el embajador Alfonso de Albuquerque, buscando ganar los favores del sultán de
Gujarat, lo colmó de obsequios. El sultán no se quedó atrás y abrumó también a
su visitante con presentes, entre ellos un rinoceronte vivo. Tal animal no se
había visto en Europa por más de mil años. Aunque en su tiempo los romanos lo
habían exhibido en sus circos, y el historiador Plinio había escrito sobre él,
muchos lo consideraban un animal mitológico.
Tanta impresión causó el rinoceronte a Albuquerque que decidió enviárselo al
rey, aprovechando una flotilla que se dirigía a Lisboa. No fue tarea fácil
poner a bordo de un barco del siglo XVI un animal con un peso de una tonelada y
media, pero gracias a la pericia de su cuidador, un hindú llamado Osem, se pudo
lograr. Osem lo acompañó todo el viaje e insistió también en alimentarlo con
arroz, que es menos voluminoso que el heno a que estaba acostumbrado, y parece
ser que le sentó muy bien, pues después de 120 días de viaje y tras tres cortas
escalas en Mozambique, Santa Helena y las islas Azores, el rinoceronte llegó
bastante saludable a su destino.
Una gran multitud se
aglomeró en el puerto para verlo. Tan inusitado
arribo dio mucho de qué hablar. En los meses que siguieron se escribieron canciones
y poemas sobre él y varios dibujos se difundieron por Europa. Uno de ellos fue
a parar a manos de Alberto Durero (1471-1528), el artista más representativo
del renacimiento alemán. Con base en el dibujo y los poemas, pero, sobre todo,
dando rienda suelta a su imaginación, Durero produjo un grabado, y gracias a la
recién desarrollada técnica de impresión con plantilla de madera imprimió más
de 4.000 copias de él. Las copias se vendieron como pan caliente.
Una de ellas llegó eventualmente al Museo Británico, y figura en el libro: «La
historia del mundo en 100 objetos» escrito por Neil MacGregor. Leyendo este
libro encontré una alusión al fresco del salón del museo Casa de Juan de Vargas
de Tunja. Seguramente uno de los grabados de Durero llegó al nuevo mundo y el
artista lo consideró un digno representante de la aún inexplorada riqueza
natural de nuestro país.
Lo que sucedió con el rinoceronte real está bien documentado. El rey de Portugal necesitaba el apoyo del Papa para expandir su imperio en India, y como muestra del alcance de la empresa que proponía le envió el rinoceronte. Pero lamentablemente el pobre animal nunca llegó a Italia. El barco en que viajaba fue azotado por una tormenta y naufragó. Todos los ocupantes perecieron. Los rinocerontes son buenos nadadores, pero este, encadenado como estaba, no pudo escapar a su suerte. Su paso por este mundo, sin embargo, dejó una huella imborrable, no solo en el arte mundial, sino en la imaginación de todos aquellos que nos hemos admirado con su presencia en uno de los museos más representativos de Boyacá.
*Doctor en Ingeniería, Hokkaido University, Japón. Desde 2011 radicado en Viena,
Austria. Autor de los libros «Libérate escribiendo», «Cuentos para cuervos
cuerdos» y «Málaga, leyendas extraviadas», entre otros.